Conductas de supervivencia. Testimonio docente

Uno de los aspectos más importantes de esta reflexión desde mi punto de vista es el darnos cuenta que muchos comportamientos disruptivos se producen porque asumimos “que somos así” y que no podemos comportarnos de otra manera. Nos auto-etiquetamos, y con ello limitamos totalmente nuestra capacidad de acción y de mejora.

Ser conscientes de ello, proporcionar a los niños y adolescentes la información y herramientas adecuadas para que puedan pensar de otra manera, es una preciosa tarea que lleva aparejada el crecimiento personal del que acompaña.

Cuando tenemos un comportamiento impulsivo, donde lo que nos mueve es la mera supervivencia, no podemos olvidar cuáles son sus características, y no podemos perder de vista que, aunque sea un comportamiento disruptivo, si atendemos a su finalidad, la supervivencia, es un comportamiento adecuado.

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En este testimonio anónimo, otro de los muchos cuya lectura está llena de aprendizaje y enriquecimiento, son muchos los aspectos relevantes para la educación que quedan de manifiesto.

Todo lo expuesto a continuación NO es de mi autoría, son reflexiones docentes tras la finalización teórica de una formación y la práctica con los alumnos:

“La dinámica elegida para esta parte práctica del curso ha sido la de “el cerebro en la palma de la mano” ya que desde mi posición de director de la residencia ha sido la que mejor he podido adaptar.

La dinámica se llevó a cabo en la sala de profesores con un grupo de alumnos y alumnas que no habían podido realizar ninguna de estas dinámicas con sus educadores o educadoras ya que habían estado suspendidos del derecho de asistencia a la residencia o al instituto durante el desarrollo de las mismas.

La duración fue de unos veinte minutos aproximadamente ya que el rango de edad se comprendía entre los 12 y los 16 años y su grado de disruptividad era bastante elevado, por lo que no aguantaron mucho esta dinámica.

Todo se realizó más o menos como se explicaba en las orientaciones por lo que no entraré en los detalles. Lo que sí me llamó mucho la atención fueron los comentarios y expresiones corporales de los alumnos y alumnas.

Ante la explicación del cerebro de cocodrilo los alumnos se sorprendieron mucho ya que no consideraban que las reacciones nacidas de esta parte del cerebro fueran instintivas sino que, la mayoría de ellos, las consideraban “aprendidas”, supongo que por imitación, en sus contextos habituales. De ello se deduce que estos alumnos con conductas disruptivas no son conscientes de que actuar de forma instintiva, y en las mayorías de las ocasiones violenta, sea algo que podrían llegar a controlar porque siempre lo han hecho así y así lo han vivido como modo de “sobrevivir” en su medio, que en la mayoría de las ocasiones no es tan agradable como el que se supone a una familia media normalizada europea. Para ellos esa forma de reaccionar forma parte de su forma de vida y no consideran que deba ser cambiada, en parte por temor a que con la nueva forma de pensar y actuar no puedan “sobrevivir” en su contexto familiar y social.

Durante la explicación del cerebro de elefante los alumnos expusieron varias situaciones reales en las que creían que esta parte del cerebro había actuado. Mientras iban poniendo sus ejemplos parecía que los alumnos comprendían poco a poco de qué iba ese “rollo” que les estaba contando sobre un elefante y, al final de esta parte, supieron comprender que esa parte del cerebro sin control podría llevarnos a las mismas situaciones no deseadas y de las que nos podíamos arrepentir, que el cerebro de cocodrilo.

La última parte trabajada con ellos fue el camino o forma en la que podemos volver a conectar el cerebro de cocodrilo o de elefante con el cerebro humano: el tiempo fuera positivo. Mediante varios ejemplos de situaciones reales vividas por ellos vimos y analizamos que un tiempo de reflexión y de “escapar” de esos instintos y esos sentimientos equivocados hubiera sido la mejor forma de evitar la reacción que, según ellos, no supieron controlar. Vimos como ese tiempo nos ayuda a enfriar nuestros instintos agresivos y nos ayuda a comprender mejor lo que ha sucedido y poder ponernos en el papel del otro y pensar si hubiésemos actuado de la misma manera estando en su situación y, además, pensar si la acción de la otra persona realmente es generadora de la reacción que inicialmente íbamos a tener.

Como conclusión a la actividad y, por ende al curso, puedo decir que mediante esta dinámica, al igual que todas las que hemos visto y todas las relacionadas con la inteligencia positiva, se puede llegar a comprender el porqué de la manera de actuar de las personas y, en nuestro caso, a ayudarnos con el alumnado con el que trabajamos que no viene de un ambiente “normalizado” y con unas conductas aprendidas que se alejan de las que deseamos transmitirles.

Definitivamente pienso que uno de los grandes problemas de la educación y de la sociedad actual es que no sabemos y no nos enseñan a identificar nuestro sentimientos y ello nos lleva a actuar, en muchas ocasiones, sin ser conscientes de lo que realmente hacemos. Una educación que enseñara desde edades tempranas a identificar estos sentimientos y a controlar nuestros impulsos podría hacer que muchos de los problemas de conducta que nos encontramos hoy en día en las aulas pudieran desaparecer y generar una sociedad más empática y reflexiva.”

 

Testimonio docente

 

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