Bases de Neurosicoeducación para Contextos Educativos

       Para explicar la neurosicoeducación en el aula tenemos que hablar obligatoriamente del funcionamiento y relación del Cuerpo con el Cerebro, la Mente y el Medio Ambiente ( UCCM MA).

      Comenzaré por las neuronas, células cerebrales encargadas del aprendizaje y de la Neuroplasticidad.

      En la edad adulta, poseemos un determinado número de neuronas, según autores, entre 87.000 y 100.000 millones, cada una de ellas con capacidad para realizar entre 10.000 y 200.000 sinapsis (cNeuronas-para-I-Phone[1]onexiones entre neuronas) que formarán las distintas redes hebbianas.

      Detrás de todo aprendizaje, ya sea un comportamiento o ya sea un aprendizaje académico, existe una red hebbiana   ( conexiones de neuronas), y para poder modificar una conducta, un aprendizaje ya adquirido, tenemos que formar una red hebbiana nueva, para lo que a veces, será necesario desmontar una red ya formada ( modificación de conductas por ejemplo)

      Son muchos los estímulos que recibimos a lo largo del día, y sería imposible poder gestionarlos todos a nivel cerebral, ya que nos colapsaríamos. Aunque nacen nuevas neuronas, nunca pueden superar el número máximo, ya que en este caso aumentaría la masa cerebral, lo que sería un grave problema debido al cráneo ya cerrado. Gracias a que la naturaleza es sabia, nuestro cerebro, a través de un sistema reticular llamado SARA, decide qué estímulos son importantes para nuestra supervivencia, y en función de ello, los registra o no; dicho de otra manera, SARA decide a qué debe prestarle atención y a qué no.

      Una vez que un elemento externo o interno ha captado nuestra atención, es el TÁLAMO el encargado de decidir si ese estímulo está a favor o en contra de nuestra supervivencia. Si es a favor, por ejemplo ver un helado, o el juguete preferido dentro del aula, o que mi compañera me cuente lo que ha pasado el fin de semana, el tálamo manda una señal al NÚCLEO ACCUMBENS, y mi cuerpo emite una respuesta. Hablamos de 125 milisegundos desde que se recibe el estímulo hasta que emitimos una respuesta. Es uno de los llamados camino corto o ultra corto. Nos quedamos en los sistemas emocional e instintivo del cerebro, sin llegar a los lóbulos prefrontales (LPF)

      Si por el contrario el tálamo considera que el estímulo atenta contra mi bienestar, mandará la información a la AMÍGDALA, emitiendo ésta una de las siguientes respuestas:

Respuestas amígdala ocre

       En este punto debemos tener claro que no es necesario que el estímulo sea una amenaza en sí, sino que el niño lo viva como una amenaza, y no debemos olvidar, que en el aprendizaje, tanto el aburrimiento ( forma de comunicación, de impartir la materia, contenido al que no se le encuentra sentido práctico…) como la ansiedad ( no entender algo, pensar que no es capaz de hacerlo, agobiarse por la cantidad de información proporcionada, miedo al castigo…) son las dos grandes barreras con las que nos encontramos.

      Cuando la amígdala actúa volvemos a hablar de 125 milisegundos, seguimos en el camino corto o ultra corto, donde el estímulo se ha vuelto a quedar en los sistemas instintivo y emocional, no ha podido llegar a los LPF, por lo que el sentido de responsabilidad y el autocontrol no han tenido si quiera la oportunidad de intentar mediar en la situación.

      Una vez analizado los dos caminos cortos, con duración de 125 milisegundos desde que se produce el estímulo hasta que se emite una respuesta: núcleo accumbens y amígdala, pasamos a estudiar el camino largo, donde el estímulo recibido pasa la barrera de los sistemas emocional e instintivo y llega a los lóbulos prefrontales, los encargados de poder gestionar adecuadamente los instintos y emociones, ya que es aquí donde residen las funciones ejecutivas jerárquicamente superiores.

      Para ello, haremos referencia a la división del cerebro, basándonos en el CEREBRO TRIUNO de Paul McLean.

      Es una división exclusivamente a efectos de estudio, ya que el cerebro funciona como una unidad en sí misma.

cerebro triuno elefante

       El cerebro de nuestro pariente más cercano, el Homo Sapiens no distaba demasiado de nuestro cerebro actual. Hace miles de años comenzó a forjarse lo que hoy llamamos sistema o cerebro instintivo o reptiliano, integrado por neuronas cuya carga de aprendizaje es inamovible. El banco de memoria instintivo se transmite de generación en generación ya que supone una garantía de supervivencia para el ser humano, nos ahorra tener que volver a aprender a través de la experiencia propia, sobre los peligros que nos rodean.

      Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿qué era y es esencial para la vida? Sin duda la SUPERVIVENCIA; pero hay conductas esenciales que hemos igualado a la supervivencia, entre ellas las siguientes:

  1. Instinto de pertenencia. La necesidad de unirse en clanes para poder luchar contra grandes enemigos y poder obtener alimentos hizo que el sentimiento de grupo se asimilara al de supervivencia. ¿Acaso no necesita el alumno saber que forma parte de la clase y que es importante para sus compañeros y profesor, para sentirse miembro del grupo?

      ¿Acaso no puede asimilar el docente el respeto que los asistentes a clase le tengan con el hecho de ser tenido cuenta y escuchado? Tanto en un caso como en otro hablamos de lo mismo, pertenencia.

  1. Instinto de territorialidad. ¿Cómo sino sobrevivir en un ambiente hostil donde encontrar lugares adecuados para el hospedaje era realmente difícil? Instinto de territorialidad que 100.000 años después hemos trasladado a todo lo que consideramos que es nuestro o que debe serlo: juguetes, lapiceros, ideas, espacio, amigos…

 

  1. Instinto de curiosidad. ¿Se os ocurre alguna forma de avanzar en cualquier aspecto si no nos moviese la curiosidad? Gracias a este instinto disfrutamos y sufrimos los adelantos conseguidos durante millones de años.
  1. Instinto de defensa. Ya sea mediante el ataque defensivo, el ataque ofensivo, la huida, la sumisión o la inhibición de la acción.

      El gran problema con el que nos encontramos en la actualidad, es que los peligros del mundo natural eran mucho más visibles e identificables que los que tenemos en el mundo artificial, de ahí que en muchas ocasiones, el sistema de seguridad que tenemos integrado, amígdala y núcleo accumbens, se confundan. Valga como ejemplo el azúcar o golosina en los niños, donde el tálamo lo registra como un estímulo de placer, por lo que cada vez que tenga a mano este estímulo, el camino corto entrará en acción. O el consumo de drogas, también asimilado como estímulo placentero por la producción de dopamina en muchas de ellas, siendo realmente nocivas para nuestra salud.

      El sistema cerebral capacitado para poder gestionar adecuadamente los instintos y emociones son los Lóbulos Prefrontales (LPF). Los LPF constituyen el freno a los sistemas no cognitivos, y tardan 500 milisegundos en actuar, lo que quiere decir que una vez que el camino corto se ha puesto en marcha, a la velocidad de un Jaguar, son los frenos de un tractor los únicos capacitados para impedir su avance.

      El cerebro humano es un órgano que al nacer es prematuro, termina de desarrollarse una vez que el niño ha abandonado el útero materno. El motivo de esto es que si el cerebro adoptase su tamaño de madurez dentro de la madre, difícilmente las caderas femeninas podrían soportar el momento del parto. Este dato es fundamental para comprender el comportamiento humano. Estamos diciendo que el órgano encargado de la obtención de herramientas propias para vivir de una manera sana a nivel emocional y cognitivo, aún no funciona adecuadamente.

      Entre las funciones de la corteza cerebral, donde estudios científicos ya han demostrado que tarda casi 30 años en alcanzar su madurez, se encuentra la de propiciar el correcto razonamiento, y es la responsable de que se produzca una buena gestión de las emociones. Es en los LPF donde se ubican las funciones ejecutivas y cognitivas del cerebro.

      Según la psicoterapeuta Sue Gerhardt, hasta los 2 ó 3 años de edad, todo lo que hagamos, todo lo que el niño reciba y perciba, deja huella en esta zona del cerebro, algo que repercutirá posteriormente en la gestión adecuada de las emociones e instintos. Esta especialista menciona algo tan bello como que “el amor actúa como modulador del cerebro.”

      Según Gerhardt, “los vínculos afectivos seguros permiten que el niño después se relacione mejor con los demás”. Es más, esta psicoterapeuta ha demostrado que las sustancias bioquímicas relacionadas con el placer, ayudan a desarrollar las funciones de la parte superior del cerebro.

      En sintonía con Sue Gerhardt, aludimos a Alison Gopnik, para quien los bebés y los niños son el departamento de I + D de la especie humana. El ser humano depende del aprendizaje para su supervivencia, y es en la etapa de inmadurez en la que mayor profusión tiene éste, de ahí que la etapa de dependencia sea tan prolongada en la especie humana. Son muchos los años de aprendizajes que la vida nos ofrece, que bien utilizados, podrán dar un fruto maravilloso.

      Tras esta explicación, vuelvo a retomar el hilo del camino largo, aquél en el que intervienen los LPF y que en los niños, debido a su inmadurez biológica, es aún muy deficiente.

       Cuando actuamos con los LPF, tenemos un comportamiento consciente, voluntario, flexible y elegido. Hablamos en este caso de conducta pro trascendencia y no de conducta pro supervivencia.

      Los niños (y muchos adultos), durante muchos momentos de su día se encuentran en el camino corto, y es normal y lógico desde un punto de vista biológico, ya que los LPF no están aún maduros, por lo que la capacidad de gestionar sus emociones e instintos se encuentra muy limitada. Castigar a un niño o hacerlo sentir culpable por carecer de herramientas para trabajar estos campos, es realmente ir contra natura. Si no sabe montar en bici lo enseñamos, si no sabe caminar lo acompañamos, y si no sabe controlar sus emociones e instintos, ¿qué hacemos?

      Si el adulto, ya sea padres o tutores en el hogar o docentes en las aulas, acompañara al niño en el desarrollo de las habilidades de vida  estaría propiciando el potencial que cada uno posee.

      Tras esta introducción a la neurosicoeducación, paso a exponer cómo podría ser un AULA  o CONTEXTO EDUCATIVO para que los alumnos deseen asistir. En primer lugar me centraré en los ingredientes necesarios para obtener un buen campo donde plantar una semilla, y sin duda el ingrediente fundamental es el factor humano. El adulto y los alumnos. Por muchas herramientas y conocimientos que adquiramos, la actitud de comprensión y confianza hacia el alumno es fundamental, y la formación es la llave que nos abre la puerta a esta empatía.

      Voy a hacer la siguiente exposición basándome en las HORMONAS. En concreto con tres de las hormonas relacionas con la felicidad: Oxitocina, Serotonina y Dopamina, y son estas tres hormonas fundamentalmente las que debemos intentar mantener dentro de un contexto educativo en las dosis adecuadas.

HORMONAS

       La atención ejecutiva, que no la espontánea, es una función cognitiva del cerebro, y como tal, pertenece a los LPF, vuelvo a repetir, aún sin madurar. Para que un niño esté atento en clase a las explicaciones del docente, necesita dopamina y una dosis razonable de adrenalina; si esta última se produce en exceso, entonces estaríamos generando estrés.

      Un aula donde el alumno se siente tenido en cuenta, siente que pertenece al grupo, existe conexión entre los compañeros y los docentes (oxitocina), donde el alumno tiene claro qué se espera de él, donde sabe que no hay preguntas cerradas ( lo que dice el libro), algo que coarta totalmente el instinto de curiosidad, sino preguntas abiertas cuyas respuestas se cuestionan respetuosamente, sin temor a un castigo, en cualquiera de sus formas ( serotonina) es un perfecto campo de cultivo para poder generar dopamina y adrenalina, hormonas fundamentales para poner en funcionamiento la atención voluntaria.

      La pertenencia en el ser humano, como seres sociales que somos, es fundamental, y esto es así porque en su día, pertenecer a un clan nos salvó la vida, y nuestro banco de memoria genético así lo tiene archivado; esto implica, que cuando el niño en este caso, pero esto es extensible a cualquier persona, interpreta que no es importante en su grupo o para la o las personas que forman parte de su entorno, se activa la cingular anterior, parte del cerebro relacionada con el dolor físico, la empatía y la atención ejecutiva. Es difícil que un niño preste atención si hay una necesidad primaria que se ve afectada, y esta es su instinto gregario.

      Respecto a la importancia de un contexto seguro, señalar que si el alumno es consciente de que sus acciones pueden conllevar una frase por parte del docente que le cause vergüenza o humillación, risas malintencionadas de sus compañeros, perder el recreo o cualquier otro castigo, la amígdala cerebral estará en estado de alerta, lo que significa que su atención se centrará más en estas futuras acciones correctivas, llegando incluso a la inhibición de la acción, es decir, a no participar en clase, que a seguir las explicaciones de los profesores. Que no exista castigo, no significa que no haya una consecuencia derivada de las acciones. La firmeza es tan importante como la amabilidad en el desarrollo y convivencia del ser humano.

      Estamos perjudicando, sin ser conscientes, al sistema atencional ejecutivo, potenciando el sistema atencional espontáneo (presto atención a cualquier estímulo que se cruce, ya sea externo o interno). El docente debe proporcionar seguridad al alumno, no inseguridad ni temor. La ausencia de temor no implica ausencia de respeto, son dos conceptos que la cultura y la memética han mezclado pero que son totalmente diferentes.

      Para estimular la atención ejecutiva, no sólo debemos mantener tranquila a la amígdala, sino que también debemos estimular la producción de dopamina, mediante la novedad y la sorpresa (lenguaje no verbal, cambio de tono al hablar…) Tenemos cinco sentidos para percibir estímulos, no lo olvidemos. La vista y el oído son sólo dos de ellos.

      El paso previo al aprendizaje es la memoria, pero antes que memoria debe haber atención, y la atención sobre el contenido a aprender es una habilidad que debe trabajarse fundamentalmente dentro del aula.

      Diversos estudios demuestran que la atención ejecutiva de un alumno varía entre 10 y 20 minutos, y que además lo que se da al comienzo de clase es lo que mejor se asimila por ser a lo que más atención se presta. Por lo que un simple cambio de agenda a la hora de impartir los contenidos puede ayudar a los alumnos a hacer un mejor uso de su atención ejecutiva ( voluntaria) a lo que se imparte.

Finalmente, tener en cuenta que pasamos por distintas etapas del aprendizaje hasta convertirnos en aprendices expertos. No podemos perder de vista que cada vez que comenzamos un nuevo aprendizaje, ya sea un comportamiento o un aprendizaje académico, nuestra autoestima es susceptible de sentirse atacada, nos introducimos en un campo nuevo que desconocemos, y es fundamental que la persona que nos guía nos aporte seguridad y confianza, especialmente en los momentos en los que los errores se comenten. Errores que darán al acompañante mucha información sobre lo que el niño interpreta, algo que le servirá para conectar y enfocarse en soluciones.

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